Encuentro
Mayo 8, 2008
Era uno de esos días en que me levanté deprimido, con ganas de nada y sin ansias de todo. Me dirigía al trabajo ( como de costumbre ) por el mismo camino, con las mismas expectativas de aprendizaje. El cielo tenía un color opaco y la lluvia caía suavemente sobre mi frente. Caminaba cabizbajo, pensando en que era otro de esos días donde no ocurre nada relevante. El reloj marcaba las 7:45 am.
Miraba mis pasos, las huellas que se quedaban atrás secándose sin retorno posible. No sé por qué levanté la vista, pero ahí estaba ella, sentada al borde de un contén, tarareando alguna melodía ( aún no se cual ) pero que me endulzaba los oídos cual canto de ángeles… Miraba hacia la calle como concentrando el plano de su vista en ese punto en el cual se perdía su mirada. Aún no sé por que levantó la vista pero ahí estaba yo, petrificado. Nuestras pupilas se cruzaron, los nervios se me pusieron de punta y sus labios solamente dibujaron una leve sonrisa. Fué un momento de pánico extremo.
Me quedé inmovil, atontado frente a tanta belleza, su pelo negro caía sobre sus hombros acariciándolos suavemente, sus labios, sincronizados a la perfección dejaban escapar suzurros divinos y se me hacían muy apetecibles, su piel dejaba relucir la suavidad perfecta a pesar de que a simple vista se notaba fría por la humedad del amanecer. Mientras la observaba solo me venía a la mente fragmentos del trovador Gerardo Alfonso:
Un silencio universal
y la vida se paró: tú pasabas.
El tiempo se recostó
con la espalda en la pared: descansaba.
Y tú andabas.
Así, plenamente llenaste el cielo,
la lluvia humedecía tus cabellos,
que me ataban…
Pensé en hacer algo para llamar su atención, pero ni siquiera podía moverme. Tenía que pensar en alguna cosa para entablar una conversación, necesitaba saber su nombre, más no se me ocurría nada. ¿Qué hacer? Decidí dármelas de atrevido, me senté a su lado y permanecí callado. Ella no se inmutó, pareciese como si no se hubiera percatado de mi presencia. Pasaron varios segundo y solo se oía mi respiración nerviosa.
¿Me podrías brindar el placer de saber tu nombre? Le pregunté para romper la inercia, culpándome al mismo tiempo por usar palabras tan absurdas. Giró su cabeza hacia mí, sin levantarla y esbozó una sonrisa. Luego se inclinó suavemente sobre mi hombro y se quedó en silencio, como meditando. Yo, sorprendido ante su reacción ( ya que resultaba ser un perfecto desconocido para ella ) no sabía que hacer y esperé. Sus palabras empezaron brotar en un leve y escurridizo silbido, casi no se le entendía. Hace más de 10 horas que estoy sentada aquí – me dijo sin levantar la cabeza - han pasado miles de personas y ninguna de ellas se ha detenido para saber que me pasa, ni tan siquiera me han mirado.
Eso no es posible – le dije entre dientes, nervioso aún – un ser tan lindo como tú no puede hacerse pasar por alto. Sonrió nuevamente y me miró como buscando leer mi alma. ¿Debes tener frío? – añadí – ¿Desde cuando estás sentada aquí? Se quedó callada como tratando de recordar. No recuerdo. Hace mucho tiempo que estoy aquí sentada. Sola. – me dijo y comenzó a sollozar- No quería parecer indiscreto pero se me hacía necesario saber cual era su problema, en ello me iba la existencia. No me atrevía preguntarle directamente así que traté de sacarle conversación para animarla y tal vez, de esa forma, quizaś lograba sacarle información. Aún no me has dicho tu nombre, – le dije mientras trataba de enfocar su rostro alicaído – y debe ser tan lindo como tú… ( Otra frase cursi para variar ).
¿Qué ganarías con saber mi nombre? Sólo eres una persona que pasó y que se irá, como todas las personas en mi vida. Sus ojos se tornaron de rojo nostálgico y empezaban a derramar pequeñas lágrimas acristaladas. Mira – le dije con un tono más sereno mientras le secaba las lágrimas suavemente – a decir verdad no creo en las casualidades, yo camino por este mismo lugar todos los días, siempre con las mismas piedras, el mismo polvo, los mismos perros que me ladran al pasar, y no siempre estuviste tú, creo que fué un capricho del destino que hayas escogido este rincón del mundo para sentarte y ahogar tus penas. Hoy era uno de esos días en los que al parecer no sucedería nada especial en mi vida, pero creo, que desde que te ví algo cambió, definitivamente, ya este día no será igual que ningún otro. Permíteme entonces, sin pretender alcanzar algo más, ser parte de tu mundo, de ti depende si me voy o me quedo, es tu desición, así que lo dejo en tus manos.
Traté de levantarme, sin hacer mucho esfuerzo, pero ella me detuvo. Quédate un poco más – me dijo reflejando un intento de sonrisa en sus labios – digo, si no te molesta. Sonreí tomando su cabecita entre mis manos y apoyándola sobre mi pecho. Bueno, de todos modos ya voy a llegar tarde al trabajo, así que no tengo nada que perder, al contrario… Es más, hoy me tomaré el día libre… Vámonos de aquí ¿Te invito a mi lugar favorito, quieres ir?. Se puso de pié y me tomó la mano… Será un placer – anadió -.
Las olas rompían con fuerza en las rocas afiladas que emergían a ambos lados del farallón, la brisa era agradable y el sol estaba algo fuerte. El paisaje se mostraba en un azul intenso en contraste con el color de cielo y el agua del mar. La arena caliente parecía más blanca de lo habitual. El lugar estaba desierto, parecía más bien un paraíso terrenal, virgen, como olvidado en el tiempo. Encontramos un lugar debajo de uno árboles de uva caleta que nos brindaban sombra y una quietud adormecedora y nos sentamos. Pasamos varios minutos mirando el horizonte, su compañia era verdaderamente relajante y dentro de mi se iban despertando sentimientos confusos, mezclados con éxtasis y tranquilidad.
Angélica – dijo al cabo de un rato -. ¿Cómo? – pregunté yo que me había quedado entretenido divagando en mis pensamientos – Mi nombre, es Angélica… Mmm ya sabía yo, por eso parecía un lindo angelito con las alas rotas. No me equivoqué. Tu nombre va de maravilla con tu naturaleza humana. De ahora en adelante serás para mi Angy. ¿Te parece? Una amplia sonrisa fué su respuesta de aprobación…
Pasaron horas como que parecieron días, minutos que parecían horas y segundos que nunca llegaban a los 60, era mágico. Una pausa en el tiempo hubiera sido la excusa perfecta para quedarme con ella toda una vida, allí, sentados mirando el mar. Su rostro estaba más sereno, sonreía de vez en cuando, sola, como pensando en cosas alegres, cortas, pero alegres. ¿Sabes? Me siento segura – me decía mientras se aferraba a mi brazo con fuerza – me ofreces una sensación de bienestar que nunca la había sentido. Lo más raro de todo es que te conozco hace apenas unas horas y por cierto, aún no sé tu nombre…
Es cierto, – le dije aprobando su observación – pero te lo diré al final del día, para que sea lo último que recuerdes de mi y para asegurarme de que quieres recordarme, mientras tanto, puedes llamarme como quieras y eso seré para ti el tiempo que estemos juntos…
Sinceramente no sabía como iba a terminar el día, todo era inesperado, no existía un plan, un objetivo, dejábamos correr el momento. Por mucho tiempo solo intercambiamos miradas, a veces me besaba el brazo, pero permanecía callada. Yo no quería violar su privacidad con preguntas absurdas, tenía miedo de arruinar el momento así que no traté de invadir su privacidad, de hecho, no me interesaba saber quién era, de dónde venía, hacia donde iba, solo quería a la Angélica que tenía a mi lado, reservada, protegida, diambulando por su mente en busca de pensamientos ( quizás ) turbios, para organizarlos y establecer un rumbo en su vida.
El sol se iba poniendo, ya casi rozaba las olas encrespadas que se veían a lo lejos, el cielo se coloreaba con ese contraste divino que solo sabe dibujar el ocaso. Angélica se paró, de espaldas a mí, mirando al mar, se dió la vuelta, me sonrió y echó a correr como una niña traviesa hacia el agua invitándome a que la siguiera. No sé por qué me vino a la cabeza de pronto una perfecta escena divertida y la vez romántica, así que me lanzé detrás de ella. Pude observar como el liquido salado se iba adheriendo a su ropa y le iba dando la silueta perfecta que dibujaba su cuerpo, líneas divinas, su pelo mojado representaba una cascada de deseos en la cual quería sumergirme. Retozamos en el agua como nenes peuqeños, jugmos hasta quedar exhaustos y caimos rendidos sobre la arena. Dimos vueltas y vueltas hasta que ella quedó sobre mí.
No sé por que empecé a temblar, me imagino que era por la sensación que ofrece un momento inevitable, algo que deseas y que estás apunto de alcanzar, que sabes que tienes ahí, justo en frente y que te incita a tomarlo. Angy se me quedó mirando, muy fijamente. Sus ojos habían recuperado su brillo natural, las gotas de agua que corrían por su pelo hacían una cortina alrededor de mi cara. Gracias – dijo – me haz brindado la tarde más maravillosa que nadie jamás me ha dado, gracias por ser cauteloso, por no indagar, por aceptar mi condición de no querer hablar, gracias por respetar mi desición en silencio. Gracias por ser como eres, pase lo que pase, no te olvidaré nunca, no olvidaré este lugar que ya es mío también. Sus ojos se tornaron tristes pero alegres a la vez, lloraba de emoción y dejándose llevar me besó.
Fué un momento inolvidable, único, sus besos eran suaves, candentes, apasionados, intensos. Mis instintos y deseos me obligaban a morder sus labios dulcemente, apretando su cuerpo contra el mío para no dejarla escapar, nunca, y besé cada rincón de su cuerpo para que su sabor se quedara plasmado en mi memoria para siempre, la besaba y lloraba porque sentía que la iba a perder, quería tatuar para siempre ese instante en mi corazón… Y así cayó la tarde, el sol invitó a la luna a que nos descubriera haciendo el amor, y la luna caprichosa reflejaba nuestra sombras extasiadas de tanto placer en la arena y allí nos quedamos, rendidos por el sueño, no sé por cuanto tiempo.
Los primeros rayos de sol se depositaban en mi rostro, desesperados, con ansias de hacerme despertar y comprobar lo inevitable. No quería despertar, no quería abrir los ojos y comprobar que todo fué un sueño, no quería ver como mi Angy ya no estaba a mi lado. No dejó rastro, solo la huella de su cuerpo en la arena y un beso fugaz que se escapaba de mis labios… Sentí un dolor intenso, me apretaba el pecho, nopodía respirar, no podía llorar, no podía hacer nada, solamente aceptar… ¿Pero como aceptar?
No sé como salí de allí, no sé como llegué a mi casa, no sé que pasó después. Cada día me levantaba deprimido, con ganas de nada, sin ansias de todo. Cada día iba al trabajo a las 7:45am, pero ya sin expectativas, cada día iba por el mismo camino, cada día Metallica me acompañaba en mi recorrido recordándome que Nothing else matters, cada día esperando encontrarla sentada en el mismo lugar, en el mismo contén, cada día soñando….
( continuará….. )
Hola !!! jejeje, gracias por leer mi blog!! estaba tan acostumbrada a que nadie lo leyera q ya ni revisaba si alguien dejaba comentarios y me dorprendió. También me sorprendió que te gustara mi lado “depresivo” o más bien dicho mis desahogos contra este mundo, a pesar de q me siento muy feliz en general.
Ese blog es mi terapia contra las malas vibras.
Chao mi lector n° 1 !! jajaj. Le echaré un vistazo a tu blog también.
Suerte!
Pues por nada. Tu blog me brindó unos minutos de exquisita lectura depresiva… Lo que hace falta es que no lo descuides y te desahogues más a menudo…